¿Y quién paga los impuestos?

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De haber habido un gobierno "progre" en Chile, no habría tenido nada de extraño que esto se esté discutiendo.
Pero al menos, han sido un poco más imaginativos. En efecto, nos dicen que van a aumentar los impuestos de las empresas y no a las personas.
Los marcianos accionistas de las empresas y los jupiterianos cotizantes de las AFPs deben estar de muy mal humor con esta noticia.
Estamos experimentando una regresión de décadas. Si hasta ya se están escuchando voces llamando a las fijaciones de precios.

Y ya que estamos con esas ...

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Como este tipo de declaraciones ya se han hecho célebres, y más aún, quien las emite es elevado casi a la categoría de héroe, también he decidido salir del closet superando mi profunda vergüenza y me he armado de valor para declarar que soy heterosexual.
Aunque sé que no es la declaración preferida de los medios, ni es muy común en estos días y que, al contrario de las demás tendencias sexuales , quedaré vedado para una posible peguita para algún programa de farándula o algo por el estilo, al menos lucharé porque al menos mi desviación sexual se incorpore al plan auge para que algún terapeuta me trate esta patología tan fuera de lugar en estos tiempos tan progresistas y evolucionados.

Iluminando el día del planeta para buscar vida inteligente

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En el día del planeta instaurado por la WWF y otros movimientos ultraecologistas, he decidido crear mi propio día del planeta, pero  para encontrar vida inteligente en la Tierra.
Por eso, al igual que el año pasado, encenderé todas las luces de mi casa, a pesar de las miradas de mis ecologistas vecinos.

El rey está desnudo

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Muchas veces la toma de decisiones debe ser ejercida en condiciones de incertidumbre, especialmente en situaciones de crisis. La carencia de datos claros y precisos en estas condiciones, son la norma y no la excepción.
Es muy probable que en este escenario, el líder disponga de información incompleta y muchas veces contradictoria. A pesar de ello, la mayor parte de las veces es crucial e ineludible una resolución rápida, especialmente porque la falta de decisión o su tardanza puede involucrar altísimos costos.
Es por ello que en los cargos claves se requieren personas con un perfil muy específico, que tengan la lucidez para optar por el menor de los males y también con el coraje para impulsarlos.
Lo peor que puede ocurrir, es que quien tenga la responsabilidad superior sea incapaz de tomar decisiones o lo haga en forma tardía.
Quien no reúne las condiciones descritas, normalmente siente mucho temor a resolver en condiciones de incertidumbre y tiende a posponer sus decisiones, buscando certezas preguntando a unos y otros mucho más allá de lo razonable, esperando que alguien le provea de esa seguridad y finalmente terminan sin tomar decisión alguna, optando por dejar las cosas como están.
Bachelet estaba todavía llamando al SHOA nada menos que una hora después de ocurrido el terremoto, a pesar de tener a disposición sendos informes anteriores tanto de esta institución como del Servicio Geológico de EE.UU. El problema es que los informes le hablaban de altas probabilidades , frase mortal y paralizante para alguien que necesita absolutas certezas y obtiene sólo incertidumbres.
Insistió hasta que finalmente recibió alguna información que podía interpretar de forma tal, que justificase no hacer nada, su opción preferida.
Posteriormente, había que tomar rápidamente una decisión relacionada con la seguridad, aspecto crucial en situaciones como ésta. Pero, una vez más, tampoco tenía certezas. Era necesario que el problema se presente y se torne incontrolable. Así no cabría ninguna duda.
Todo esto se vio agravado por consideraciones políticas, donde es claro que primero es izquierdista y después Presidente. Era por lo tanto, mucho más importante definir el color de los cascos de los militares.
Cobra vigencia una célebre frase de un operador político en otras negras circunstancias: “Primero soy PPD y Pienso PPD”.

Terremoto, lumpen y orgullo

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Hacía ya bastante tiempo que había dejado de ver televisión, especialmente los noticieros, por considerarlos verdaderas fuentes de desinformación. Sin embargo debo reconocer que en estos días no me he podido despegar de la pantalla hipnotizado por la consternación que producen las noticias que además parecían empeorar cada vez más. Miro una y otra vez las imágenes como si fuese la primera vez y no puedo dejar de impactarme.

Valdivia, la ciudad en que vivo, no tuvo esta vez consecuencias de importancia, a pesar de lo seis grados y los cerca de dos minutos de duración, sin embargo, uno puede apreciar que los efectos expansivos del terremoto van más allá que las consecuencias puramente físicas y dejan al desnudo la verdadera naturaleza humana.

El lumpen de idiotas

El día sábado en la tarde siguiente al terremoto - cuando ya estaba claro para todo el mundo, que en nuestra ciudad no habían consecuencias - venía de vuelta de la oficina después de haber realizado el control de daños correspondiente. No me podía olvidar que mi señora me había encargado comprar unos artículos de tocador, cosa muy importante porque no me quedarían explicaciones atendibles ya que el día anterior se me había olvidado (y el anterior también). Ya ni siquiera el terremoto me podía salvar.

Un par de cuadras antes de llegar al supermercado pude apreciar una larga fila de vehículos y varios carabineros tratando de controlar el tránsito. Esta vez esto no iba a ser un problema para mí, puesto que en moto pude evadir fácilmente la congestión pasando entre los espacios.

Al llegar al inicio de la fila, me percaté para mi sorpresa, ¡ que se trataba de una fila para entrar al super!!.

Estacioné mi moto en un pequeño espacio y subí llegando al pasillo que daba a la fila de cajas. Desde allí pude ver una bullente muchedumbre y larguísimas colas que atravesaban los largos pasillos de lado a lado, llenos de carros repletos con mercaderías acomodadas en altas pilas desafiando incluso las leyes de gravitación universal y por sobre los cuales sólo se asomaban los ojos de de los clientes dispuestos y resignados a pasar probablemente las próximas tres horas en esa fila. En ese momento sentí el impulso de asomarme a la calle para poder ver el hongo nuclear o el meteorito cayendo raudo en su estela de humo y fuego para caer en la plaza principal, que pudiese explicar ese comportamiento colectivo, pero rápidamente lo deseché por su poca probabilidad.

Mi segunda reacción fue descargar mi furia interna, refunfuñando contra la estupidez humana y en una manifestación de rebeldía me negué rotundamente a atravesar las cajas para incorporarme a esa masa de “lumpen idiota”.

Me dispuse a ir a otro super con la esperanza de encontrar condiciones más favorables para realizar mi modesta compra. A poco andar me encontré con otra larga fila de vehículos la que nuevamente eludí, pero esta vez se trataba ¡de una bomba de bencina!!!.

Esta experiencia aumentó mi enojo, el que se calmó cuando ví que a mi estanque aún le quedaba algo menos de un cuarto de combustible. Cantidad suficiente para esperar el día siguiente cuando el “lumpen idiota” estuviese en sus casas descansando de las tres horas de fila en el super y de las otras tres en la bomba.

Después de recorrer otros dos supermercados con igual suerte, decidí enfrentarme al menos malo de los escenarios y me dispuse a elaborar mi mejor explicación para haber llegado a casa con las manos vacías una vez más.

Mi señora escuchó calmadamente mis explicaciones y mi larga perorata y sesudas conclusiones sobre la naturaleza humana. Una vez habiendo concluido mi larga explicación me dijo: “¿Y fuiste a alguna farmacia?”.

Obviamente uno no está preparado para este tipo de preguntas. Desconcertado y por qué no decirlo, salí calladamente y partí a la farmacia, logrando mi encargo en algo así como cinco minutos. De ida no podía dejar de pensar que cuando mi señora dio vuelta la cara, tenía algo así como una risa burlesca. Lo juraría.

Al día siguiente en la tarde, tendría la oportunidad de resarcir mi orgullo herido y me dirigí a la bomba de bencina. Esta vez ya no estaba la larga fila de autos y me congratulaba por mi lucidez, orgullo que rápidamente se desvaneció cuando al llegar encontré unas vallas a la entrada.

La situación era desesperada, la lucecita amarilla del indicador de bencina parpadeaba en un curioso ritmo parecido a carcajadas. Pero claro, eso sí es mi imaginación, porque las motos no se ríen. De eso estoy seguro.

En mi desesperación le pregunté a un taxista, que me indicó cuál era la única bomba que estaba vendiendo combustible en la ciudad. Muy preocupado, mirando alternadamente esa maldita lucecita y el camino, llegue a las cercanías de la bomba. Me puse al final de esa larga cola y así pasé las próximas tres horas….

 

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